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La impunidad de los profanadores

Profanar cementerios es algo bastante frecuente y se hace con casi total impunidad

Madrid, España. - Las placas y los jarrones votivos de medio centenar de columbarios de las sección décima del mayor cementerio de Madrid, el de Nuestra Señora de la Almudena, han sido destrozadas en un acto vandálico de provocación o satanismo. Los nichos que recogen las cenizas de los incinerados, en especial los alineados con la tapia de la Avenida de las 13 Rosas, aparecen dañados, con las placas con una esquina rota o incluso desaparecidas a manos de desconocidos.

Se nota que debieron de pasarlo en grande en una ceremonia de destrucción en la que golpearon y arrancaron los jarrones de bronce con flores en recuerdo de los fallecidos. Según los empleados, la destrucción de los columbarios tuvo lugar hace más o menos un mes, aunque los familiares de los afectados van enterándose poco a poco. La semana pasada todavía denunciaban algunos lo que habían sufrido.

Total impunidad

Esto de profanar cementerios es algo bastante frecuente y se hace con casi total impunidad. En la actualidad, al vándalo o satanista que le dé por dañar la memoria de los muertos le espera el artículo 526 del Código Penal, que es más flojo que la pata de un conejo. Dice así: «El que faltando al respeto a la memoria de los muertos, violare los sepulcros o sepulturas, profanare un cadáver o sus cenizas o, con ánimo de ultraje, destruyere, alterare o dañare las urnas funerarias, panteones, lápidas o nichos será castigado con la pena de prisión de tres a cinco meses o multa de seis a diez meses».

En una tradición como la nuestra –grecorromana– en la que lo peor es que te mienten la madre muerta, no parece gran cosa. Todo el mundo recuerda la Ilíada, en la que un rey es capaz de jugarse su reino, y hasta su vida, por rescatar el cadáver de su hijo, así que nuestro Código no sólo suena a poco, sino a extraño. Los que han redactado este artículo podrían ser marcianos. Con esa falta de sintonía entre la ley y la calle, llega la norma homeopática y lo deja en pena de prisión  de las que normalmente no se cumplen –las menores de seis meses– o en una pequeña multa.

Así que los profanadores de la tumba del geo Francisco Javier Torronteras, muerto en el asalto a los presuntos terroristas islámicos del 11-M en Leganés, no temblaban precisamente por si les descubrían. Asunto que nunca se ha aclarado, pues seguimos sin saber por qué unos energúmenos sacaron el cuerpo y le pegaron fuego. En mi particular opinión, en este caso no se trata de gamberros, ni vándalos ni militantes de secta satánica, sino de tipos con conciencia forense asustados por los avances científicos del CSI Las Vegas.

Uno de los nichos del camposanto madrileño que han aparecido destrozados en las últimas semanas

En Peralada (Gerona) todavía deben estar riéndose los desalmados que entraron en el cementerio en abril de 2006 y se hicieron una sopa con los huesos de una difunta. El vigilante sólo encontró los restos, una olla y unas pastillas de caldo de gallina. Como en tantas otras ocasiones, entrar en el camposanto no tuvo dificultad y aquí todavía menos, porque la llave estaba siempre puesta en la cerradura. En un rincón instalaron un fogón, extrajeron un cadáver y lo pusieron a hervir.
Poco más tarde, en octubre , otro grupo penetró en el cementerio de Pereiró (Vigo). Como siempre, de noche y con resultados espeluznantes. Más de cien tumbas y panteones fueron profanados. El paisaje al día siguiente era desolador: lápidas rotas, vidrieras agujereadas, cruces derribadas, imágenes de santos por tierra... De cualquier manera estos destrozos no eran nuevos: dos años antes habían roto varias lápidas y tiempo atrás afectaron a los cementerios de Teis  y Chapela.

La culpa parece  ser de grupos de jóvenes aficionados «a juegos nocturnos». Junto a esto, las sectas satánicas crecen como un rumor de agua profunda. Cumplir con los ritos precisa de cuerpos, trozos de calavera, cruces invertidas y material robado de cementerios. Flores, lápidas y bustos. Más algún que otro sopicaldo.

En Vilagarcia de Arousa, hace algunos años entraron de noche, sacaron una caja con un cadáver y lo dejaron a la puerta del cementerio. Es algo habitual entre los profanadores.  En 2003, en Valladolid fue descubierto un joven  supuestamente perturbado, conocido como «El Buque», que había profanado al menos cinco tumbas en el cementerio de El Carmen y había esparcido los restos por la ciudad.

En su domicilio fue requisado un vídeo sobre el diablo, otro sobre teledominio y el busto de un militar valorado en varios millones. El morbo de los cementerios atrae las fantasías disparatadas de los niños bien de la sociedad sin valores que pierde el contorno de la familia. La curiosa ideología del presunto habría permitido entender su atracción hacia lo muerto y la muerte, pero entonces llegó la explicación de su alferecía, lo que le convirtió en enfermo.

Fuente: www.larazon.es

Texto de Francisco Pérez Abellán

 

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